Blog de Lorena Betta


La identidad de los jóvenes digitales

Con los cambios tecnológicos, económicos y sociales, se modifican las identidades. Bajo el paradigma moderno, estaban construidas y aseguradas a partir de la pertenencia y la relación del individuo a las instituciones (Estado y familia) que le proveía de normas y códigos comunes, y estaban ligadas a un territorio. Con la globalización y la digitalización de la cultura, la identidad se convierte en algo provisorio, fluctuante y desterritorializado.

En este escenario de cambio permanente, donde los límites entre lo real y virtual se confunden, donde la vida online crea nuevas nociones de espacio y tiempo, Gustavo Efron aborda la constitución de la identidad en los jóvenes.

Los jóvenes son el público que más consume y produce -aunque no el único- los medios digitales. Son muchos los que tienen una participación activa en comunidades virtuales de todo tipo, lúdicas, profesiones, etc. Esos entornos son también sus espacios de pertenencia. Pasan tiempo actualizando el Facebook, subiendo fotos al fotolog, comentando el MySpace de un amigo, o enviado decenas de SMS por día, por citar algunos ejemplos.

Existe toda una corriente de publicaciones que denomina a los jóvenes de esta época “nativos digitales”, una clasificación que pretende dar cuenta de la cultura audiovisual e hiperconectada, donde desde pequeños utilizaron las tecnologías digitales, y desarrollaron capacidades y habilidades para operar con esas herramientas que las generaciones anteriores no tuvieron. Entre sus habilidades se destaca la intuición en el uso y manejo de los dispositivos que van apareciendo en el mercado, la rapidez con que se comunican con sus amigos y el multitasking, es decir, la capacidad de hacer varias tareas al mismo tiempo (ver TV, chatear, estudiar, conversar con alguien en persona, etc).

Ahora bien, esta categoría de “nativo digital” que acuñó Marc Prensky en el 2001 estaría pasando por alto algunas cuestiones como ser el nivel socioeconómico al que pertenecen los jóvenes, que daría como resultado diferencias en el desarrollo de capacidades cognitivas limitadas a las posibilidades en el acceso a las nuevas tecnologías. Un factor clave que no descuidó Gustavo Efron en su texto Jóvenes: Entre la cultura cibernética y la cultura letrada.

Podríamos agregar que la categoría nativo digital explica la identidad de una generación a partir de supuestas habilidades que “traen consigo”, pero no tiene en cuenta la evolución de las mismas en el cambio mediático. El binarismo entre nativo e inmigrante es utilizado por los propios inmigrantes, para explicar un contexto que no es natural para ellos.

A la brecha generacional podríamos sumarle una nueva brecha que se da en relación a la educación, que es lo que David Buckingham llamó “la distancia entre lo que sucede dentro de la escuela y fuera de la escuela”, en la vida cotidiana de los jóvenes.

Mientras la escuela siga abordando a las tecnologías como cajas negras, como catedrales inaccesibles del conocimiento digital, se está perdiendo la oportunidad de alfabetizar más en las habilidades sociales que hoy necesitan los jóvenes para participar en sus comunidades, virtuales y físicas, y además para asimilar de una manera crítica los medios que consumen diariamente.

La identidad de los más jóvenes está tan en juego como la identidad de quienes los estudian como si la era postindustrial no los afectara. Enrolar a toda una generación con una etiqueta como la de nativos digitales que connota prácticamente un cambio de ADN (un postADN), disrupciones neuronales, biológicas, motrices y sociales, está más relacionado con la crisis de las identidades de quienes observan que con aquella de quienes están siendo observados.

Las instituciones educativas que habitan los más jóvenes están repletas de tecnologías que fueron naturalizadas y apropiadas, perfeccionadas y expandidas por modelos pedagógicos que evolucionaron durante décadas. La relación del proceso de enseñanza y aprendizaje con las tecnologías es tan extensa como la historia de la educación formal.

La identidad, siempre, pero más todavía en una época de aceleración de los cambios de hábitos y las formas de consumo cultural, es un proceso, no un objeto inmóvil al que se puede caracterizar. La identidad de los jóvenes evoluciona en forma reticular y las tecnologías digitales y nuevos medios tienen un papel sustancial en esos procesos. No tanto como un motor del cambio, sino como un catalizador de la transformación de la vida cotidiana que todos experimentamos.

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