Reflexiones sobre la noción de autoridad en tiempos de crisis

Entre los autores que han analizado la noción de autoridad, se destaca el estudio fenomenológico de Alexandre Kojève, quien la define como aquello que lejos que ser algo fijo e inamovible se la identifica “allí donde hay movimiento, cambio, acción”. “La Autoridad pertenece a quien hace cambiar y no a quien experimenta el cambio: la Autoridad es, en lo esencial, activa y no pasiva” . La autoridad siempre necesita de un agente, de un sujeto que la encarne y que la active y de un otro que responda, pero no que reaccione. La autoridad no necesita de la fuerza, porque sus destinatarios no reaccionan, sino que la reprimen, “renuncian de forman conciente y voluntaria a esa posibilidad”.

La autoridad es una relación de un activo y un pasivo, de alguien que busca el reconocimiento y otro que lo reconoce.
En la relación escolar estos lugares fueron ocupados por el docente (activo) y el alumno (pasivo). En esta relación asimétrica que actualmente está revirtiéndose, encontramos una reacción por parte de los alumnos que deriva del no reconocimiento de la autoridad de su maestro.

Kojève encuentra en la autoridad un origen divino: “Divino [es] todo lo que puede actuar sobre mí sin que yo tenga posibilidad de reaccionar sobre ello”. El carácter sagrado de la autoridad quizá tenga alguna conexión con el concepto de vocación que fue el motor del oficio docente en la pedagogía moderna. La vocación respondía a un “don divino” que recibía el docente, que explicaba la elección de ese camino y su compromiso con la labor.

En el texto La noción de autoridad, Kojève menciona cuatro tipos de formas de ejercer la autoridad: la autoridad del Padre, la autoridad del Amo, la autoridad del Jefe y la autoridad del Juez.

En la autoridad del jefe, una de las variantes que se da, según Kojève, es la relación entre maestro con sus alumnos. El pensamiento que mejor explica la autoridad del jefe con su banda es la teoría de Aristóteles, porque el Jefe es quien puede prever, ver más lejos, anticipar lo que va a suceder, es quien guía al resto. El Jefe es el líder, el aquel que sabe conducir al resto. La diferencia entre el Superior y sus inferiores o entre el maestro y sus alumnos es que el primero puede ver más allá, tiene una visión más amplia que el resto. De este modo “el alumno renuncia a las reacciones contra los actos del Maestro porque piensa que este último ya se encuentra en el sitio donde él mismo sólo llegará después: está adelantado con respecto a él.” La distancia entre uno y el otro es relativa a la relación con el saber. El que sabe es el adelantado.

El despliegue de la autoridad necesita de la temporalidad. La autoridad no está predefinida, sino que su despliegue necesita de tiempo de “maduración”. En ese despliegue, el maestro es el conductor del proyecto educador.

La filósofa alemana Hannah Arendt en su libro Entre el pasado y el futuro hace un análisis histórico del significado de la autoridad, del sentido que tuvo este concepto en la antiguedad y la consecuente pérdida de su sentido en la modernidad. Parte de las bases de la filosofía política griega, porque es ahí donde la autoridad (sin existir aún como término), era necesaria para introducir orden en el gobierno de la polis.

Tanto Platón como Aristóteles toman modelos autoritarios de experiencias prepolíticas que provenían de la vida familiar y doméstica para explicar que la autoridad deriva de algo trascendente, divino, proviene de las ideas, de la razón, que ejerce su poder conservando la libertado de los hombres. Esta autoridad se encarna en la figura del “filósofo-rey” (tal como lo plantea Platón en La República).

Los romanos ponen en práctica el proyecto utópico basado en el saber de la filosofía griega, ligan la autoridad con la tradición al momento de la fundación de Roma. Su etimología revela el valor del pasado, de la tradición “el sustantivo auctoritas deriva del verbo augere que significa “aumentar”, y lo que la autoridad o los que tienen autoridad aumentan constantemente es la fundación. Los provistos de autoridad eran los ancianos, el Senado, los padres que la habían obtenido por su ascendencia y por transmisión (tradición) de quienes habían fundado todas las cosas posteriores, de los antepasados, a quienes por eso los romanos llamaban maiores” . Los auctores (en castellano autores), no son los artífices o los constructores de la ciudad sino los inspiradores del edificio, los fundadores de la ciudad.

En el aula los docentes son los representantes de la autoridad. Que el docente esté investido de autoridad significa que su rol es la transmisión del pasado cultural a las jóvenes generaciones. Si, como dice Kojève, la fuerza vinculante de la autoridad está conectada con la fuerza religiosa, la autoridad se une al pasado a través de la religión. La vocación docente fue ese impulso divino que durante mucho tiempo funcionó como inspiración que guió la construcción del proyecto educador.

El docente es el mediador entre las generaciones adultas y las jóvenes generaciones. Su relación con el pasado, con la tradición, se ubica a una distancia prudencial respecto del alumno que todavía no ha cumplido su ciclo de formación.
Muchas veces se asocia la figura autoritaria con alguien al cual hay temer. Con alguien violento, hostil, frío, sin sentimientos, estricto. Este sentido de la autoridad se lo relaciona a la violencia y fuerza. Sin embargo, los seres humanos pedimos autoridad en todas las esferas de la vida, en la casa, en la escuela, en el trabajo. Esta búsqueda no tiene que ver con el yugo, sino más bien con una guía, con un sostén, con el cuidado.

La escuela ha sido un espacio disciplinario que encauza las conductas individuales e impone reglas de socialización, y al mismo tiempo, constituye un espacio de contención y protección de los individuos. Esta dualidad de la autoridad en la institución escolar, que tiene que ver con el encierro y la disciplina por un lado, y el cuidado y la protección por el otro, repite los patrones del funcionamiento de la autoridad en el seno familiar de la que hablaban los griegos.

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